MUSEOS Y MEMORIAS AYACUCHANAS

(Felipe López en diario La Calle, Ayacucho, 25 03.09)

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n este país que “avanza blindado frente a la crisis internacional”, la palabra MUSEO ha ocasionado urticarias y cólicos en primeros o segundos ministros, en jerarcas de la iglesia oficial o dirigentes políticos. En sus arrebatos y contorciones para “argumentar” su oposición a un Museo de la Memoria, estos personajes que tienen el poder real o simbólico, han dejado escapar cual fétidos olores, sus pensamientos más oscuros, profundos y verdaderos. 

Esto ha llegado inclusive hasta los delicados y cultivados olfatos de alguien de sus propias filas: a Mario Vargas Llosa quien escribió para los diarios El País, El Comercio y otros, un artículo como raras veces lo hace. Es decir desnudando la mediocridad e incultura de nuestros dirigentes político-religiosos.

MUSEO, para los que nos gobiernan y sus acólitos, sería apenas un lugar de depósito de objetos o pinturas bonitas para vanagloriarse de cierto pasado. Un depósito polvoriento con guardianes que se aburren cuidando espacios vacíos de público, hasta que el alboroto de una ceremonia oficial de auto-promoción y fotografías de algunas autoridades los despierte.

Que un Museo propicie la reflexión, el análisis, o permita ver los mecanismos visibles y ocultos de la producción de objetos que siglos después aun sorprenden, escapa al entendimiento de los que dicen “El Perú no necesita Museos”. Que un MUSEO sirva para comprender una etapa histórica del país, que revele los mecanismos y actores que hicieron posible que grupos de paisanos nuestros hayan dado rienda suelta su bestialidad, es para dichos personajes,  insoportable.

Para ellos, Museo es una mala palabra a prohibir. Un lugar que no debe de existir. Prefieren que el público que los ha elegido, vaya entusiasmado a los circos “modernos” que son los estadios de fútbol. Ahí podrán olvidarse de su pasado, presente y futuro mientras dure el partido. Podrán vibrar y gritar: GOOOL!!! Y de yapa, gracias al olfato empresarial del que hace poco fuera candidato regional en la lista de los actores y responsables de hechos nada gloriosos de nuestra historia reciente.

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Y en nuestro paisaje huamanguino, la palabra Museo también ha sido sacada de los archivos olvidados para salvarlo de las aguas usadas, interesadas solo en el lucro inmediato. A muchos dueños de bancos o ferreterías que circulan en estas acequias de salvación al gusto de alanes, ciprianes o flores de araoz, evidentemente no les interesan las memorias ni los museos. El reciente despertar de los huamanguinos para que los objetos guardados en el Museo Cáceres no sean botados a la calle, es un gesto que anuncia cierta toma de consciencia. Que no todo está permitido a la globalizada ley sagrada, de la oferta y la demanda al mejor postor de cualquier bien privado o público.

Al parecer por el momento los objetos que transmiten una parte de nuestra historia seguirán en la hermosa casona colonial que los alberga. Sin embargo este esfuerzo será incompleto o apenas un saludo dominical a la bandera, si luego no se restaura e implementa decentemente en este local, un verdadero Museo que no sea tan solo un almacén de algunas joyas de la familia custodiadas por uniformados. Tiene que ser un espacio vivo y dinámico. Se tiene que explicar por ejemplo que pasó en esa época y porqué dichos objetos y personajes “merecen un Museo”.