ESCRITORES MARGINALES: CIRCULEN, CIRCULEN…

(en diario La Calle, Ayacucho 06.08.08)

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ubo épocas sagradas cuando un libro antes de ser publicado y leído, debía recibir autorización de la iglesia católica. Un libro sin el “imprimatur”, la bendición oficial concedida a las obras que no contienen «errores» de doctrina y moral católica, no podía imprimirse. O terminaba en la sección “infierno” de las bibliotecas. “El Papa Pablo IV (1559), sistematiza la censura, creando el Index… lista de libros, autores y hasta párrafos censurados. La trigésima edición (1948), contenía 4 mil libros censurados. Razones fundamentales: el sexo, el ateismo y herejías respecto al dogma católico. El Index, será abolido por Pablo VI en 1965” (1).

Y en épocas menos lejanas, en el siglo XX, hubo regímenes que ejercieron igualmente una censura oficial estricta y poderosa. Como la de sus ancestros religiosos. Se estimuló, premió y permitió la lectura únicamente de libros conformes a la categoría bendita de “realismo socialista”. Así “El archipiélago Gulag” estuvo prohibido en la ex URSS hasta que su autor que acaba de fallecer, Solzhenitsin, ganara el Nóbel de Literatura. En realidad toda la creación artística debía ceñirse a los marcos “socialistas” o al de la pureza de la raza aria alemana.

Esta censura en “bien del pueblo” lo ejercía el poder religioso o político. Inclusive en este país de las maravillas de García, el pequeño poder cultural del INC, obedeciendo a los deseos de un ameno general “wallpa sua”, censuró una caricatura.

Sin embargo cuando el estado, regala su lugar a la sacrosanta empresa privada para que lucre con la educación, salud o seguridad vial, la censura también pasa a manos privadas. La jerarquía eclesiástica y el estado son despojados igualmente de este privilegio. El de consagrar urbi et urbi qué libros y autores merecen ingresar o no, a los nuevos templos. El de los grandes comerciantes del consumo de masas, como el Jockey Plaza de Lima donde se realizó la última Feria Internacional del Libro.

Feria a la que cinco autores de cuentos no fueron autorizados a ingresar para recibir un premio literario. Estos escritores, ¿tenían una enfermedad contagiosa? ¿Una granada en la mano? ¿Acaso se presentaron a la entrada desnudos?... No, estos autores habían cometido el pecado de escribir sus obras en una prisión. Es decir, eran prisioneros con permiso para asistir a un evento literario. Pero según los dueños del Jockey Plaza, personas con ese estigma no podían entrar a su culta “feria” de libros.

censurasSituación que por lo demás, no ha merecido mayores protestas o boicot de sus colegas escritores “libres”, quienes si fueron invitados, presentaron sus libros o los firmaron. Tal Mario Vargas Llosa. Consagrando así la Censura “moderna” de la empresa privada. Gracias Jockey Plaza por cuidar nuestra cultura del contagio de presos incapaces de pensar, y menos de escribir obras literarias.

(1) “Censura religiosa de documentos” Jorge Palacios C.